Premià de Dalt y Corea del Sur
Para crear una frontera no hace falta demasiado. Sólo tener ganas y ponerse de acuerdo. Se necesita de cierto reconocimiento de los límites establecidos por cada uno de lo implicados. De aquí, puede derivarse un problema de lindes que habrá que litigar y dirimir en foros más adecuados y especializados que medien para encontrar acuerdos que satisfagan a las partes.
La simbología habla y habita en cada casa.
Habrá quien quiera estar al otro lado de la frontera. Habrá quien no quiere que nadie traspase esa frontera.
Una cama puede ser un ring. También puede ser una península que delimita al norte con una pared y sur, al este y al oeste con el suelo frío en invierno y menos frío en verano. Una cama son como dos países o dos pueblos divididos por la carretera nacional o por la vía del tren, como Premià.
También puede estar dividido por una almohada.
En Corea del Norte existe una dictadura. Es un país impenetrable. Oscuro, violento y cerrado. Del que no se sabe gran cosa. Es como un gran desconocido para el resto del mundo. Sin embargo, su vecino del sur le conoce bien. Sabe perfectamente como es y que no le perdonará nunca lo que hizo. La diferencia es que el sur, que siempre fue infinitamente más sociable, tiene la aprobación de la gente, del mundo, de todos aquellos que lo conocen.
El norte y el sur una vez estuvieron juntos. Pero se pelearon. Se cabrearon tanto el uno con el otro que en un momento dado, decidieron no volver a hablarse y construyeron un muro infranqueable de almohadas.
Ahora uno hace ensayos nucleares. El otro, teléfonos móviles, tablets y televisiones smart.
Lo bueno de todo esto es que en Premià no ha pasado lo mismo. La parte de la montaña y la parte del mar se quieren. Quién sabe. Puede que un día pase como en Berlín y derriben la fea, terrible y malévola almohada que les separa.



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