500 días esperando el bus


Se ve que nos pasamos 500 días de nuestra vida esperando. Esperando de todo. El bus, a que cargue una página web, a que nos llamen, al ascensor, haciendo cola, etcétera. Puede que sea verdad, puede que sea mentira, yo no lo sé. No voy a poner a contar el tiempo que tardaría en averiguar cuánto tiempo me paso esperando. Para eso ya está otro tipo de freaks que no tiene nada que ver conmigo.

Lo de si es mucho tiempo o es poco, pues no es que me llame la atención. A mi lo que me llama la atención es ver que se trata de algo inevitable. Cuando me fijo, me doy cuenta de que esperar es algo que forma parte de la condición humana. Que es así. Y que está totalmente naturalizado e integrado en nuestra vida urbana.

Se agradece que alguien haya pensado urbanística y arquitectónicamente los lugares donde hay que esperar. Es bonito. Es asumir lo inevitable. Me resulta bonito ver que hay una parte de nuestra vida completamente asumida que necesita de comodidades para hacer más agradable la espera.

Las paradas de autobús son un ejemplo. Un banco para poder estar sentado en medio de ninguna parte y no tener que esperar el transporte de pie. Un techo de un material plástico que pueda proteger durante la lluvia. En países y ciudades donde hace más frío o llueve más que en Barcelona, incluso las paradas están al revés. Es decir, la mampara que hay al fondo está en el lado de la calzada para que cuando pasen los coches los días de lluvia no te mojen.

Es ser humano es así. Contradictorio; a ratos genial y a ratos gilipollas. Arma estos artefactos urbanos para la gente de bien, pero no los cierra del todo porque si no se llenarían de vagabundos por las noches que se cobijarían del frío y eso sería un problema.

Con la gente de bien, somos muy buenos. Con el que no tiene nada, somos muy malos. Pensamos que si no tiene nada algo habrá hecho. Y en cambio, de la gente educada y bien vestida, nunca nos planteamos que puedan estar robando, malviviendo o al borde de la mendicidad porque no van agarrados a un brick de Don Simón y visten de traje y corbata.

Sí que es verdad que de pequeños nos dicen que no nos fiemos de las apariencias. Pero qué coño, es muy difícil. Tanto como para convivir con esa dualidad en la que monto una cabañita para que sea algo mejor esperar el bus, pero no me lo curro demasiado a ver si acaba llena de maleantes. Como si los banqueros no cogiesen el transporte público.

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